Celos Part. 3
El Descanso Del Vigilante
Durante una conversación con un compañero, él empezó a cuestionar los motivos de mi servicio. Me soltó algo que yo mismo había dicho años atrás: “Salte a las calles a servir, porque aquí ya estorbas el crecimiento de los nuevos”. Viéndolo en retrospectiva… creo que me pasé de la raya. No porque estuviera completamente equivocado, sino porque muchas veces uno cree que ayuda cuando, en realidad, solo está empujando a otros hacia donde uno mismo no supo quedarse. La charla surgió a raíz de un escrito que publiqué sobre el Proyecto Artemisa. Mientras lo escuchaba señalar mis contradicciones, intenté encontrar una manera sencilla de explicarme. Pero mientras más intentaba acomodar las palabras, más sentía que algo se tensaba dentro de mí. Ahí, reconocí una sensación que antes me hubiera costado muchísimo identificar: “Así no juego”. Y ahí fue donde me sorprendí. Porque antes también me callaba, pero no era igual. Mi silencio era orgullo disfrazado de paciencia; escuchaba solamente para preparar una mejor respuesta después. Esta vez no. Lo escuché un poco más… y luego simplemente lo dejé pasar. Ni fu ni fa. Lo curioso es que la frase siguió dándome vueltas. Me hizo darme cuenta de algo que llevo años haciendo: estar muy pendiente de la reacción de la gente. Cuando comparto una reflexión, suelo recorrer el cuarto con la mirada buscando señales. Si alguien bosteza, algo dentro de mí se inquieta. Repito una frase no porque sea importante, sino porque quiero ver si ahora sí conecta. Y vivía igual fuera de esas pláticas. En mis relaciones, en el trabajo, en mis amistades. Insistiendo, explicando, sirviendo, vigilando... tratando de no quedarme afuera. Durante años pensé que mis celos eran miedo a perder a alguien. Hoy creo que el miedo real era dejar de importar. Crecí en una familia donde el amor se demuestra ayudando. Resolver problemas, sostener, estar ahí. Sigue siendo mi forma más honesta de querer, pero durante mucho tiempo confundí servir con asegurar permanencia. Creía que si me hacía indispensable nadie me dejaría fuera. Y cuando eso no funcionaba, saltaba de un extremo a otro: Rogar presencia… o retirarme antes de sentir el rechazo. Ese vaivén consume. Vigilar silencios, cambios y distancias agota de maneras muy raras. Uno termina peleándose más con lo que imagina que con lo que realmente está pasando. Hasta que el cuerpo cobra la factura. Hace poco me movía por la ciudad como si anduviera huyendo de algo. Un día olvidé un suéter encima de la camioneta y terminé viendo cómo salía volando por el retrovisor en pleno
freeway. Me dio mucho coraje. No por el suéter, sino porque ya llevaba días perdiendo cosas, olvidando citas y durmiendo mal. Por eso, al reorganizar mis responsabilidades hace poco, decidí quedarme solamente con una. Años atrás esto me habría parecido mediocridad; hoy sé que es supervivencia. Prefiero detenerme antes. Irme a casa. Dormir. Son más de las dos de la mañana. Estoy acostado, escribiendo esto con calma, sin sentir que tengo que demostrarle nada a nadie. He acomodado algunas cosas, me puse ropa cómoda y abrí un poco la ventana para que entre el aire fresco. La casa está en silencio. Ya no estoy reconstruyendo conversaciones en mi cabeza ni imaginando escenarios antes de dormir. Y honestamente… hacía muchos años que no descansaba así

